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25 años del Hall Of Fame: la fiesta en el jardín

02/11/2009 23:15 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Salió con todo en contra. Con la sala conmovida por la reunión de Paul Simon y Art Garfunkel -dos que son de la casa, de Queens, que le cantan a los barrios de la ciudad y cuya simpleza acústica tumba hasta al más duro

Salió con todo en contra. Con la sala conmovida por la reunión de Paul Simon y Art Garfunkel -dos que son de la casa, de Queens, que le cantan a los barrios de la ciudad y cuya simpleza acústica tumba hasta al más duro- y con micrófonos que no funcionaban y una banda que comía ansiedad y estaba lista para tocar, pero que no podía hacerlo precisamente por las inesperadas complicaciones técnicas.

Cualquiera se hubiera intimidado. Sobre todo sumado a la incapacidad de no poder ver un carajo qué es lo que está pasando a tu alrededor y tener que estar atento a lo que algún asistente te pueda decir al oído. Pero Stevie Wonder, uno que es grande de verdad, uno al que habría que hacerle un salón de la fama para él solo, coge el único micrófono que funciona y acompañado del sonido de su teclado que sale de los retornos canta Blowin’n in the wind, de Bob Dylan. Como si nada. Como si el folk blanco fuera gospel negro. Como si la hubiera ensayado mil veces. Como si esta rendición sorprendente, emotiva hasta los huesos, fuera cualquier tema de ensayo. Cualquier prueba de precalentamiento.

Por accidente, por un imprevisto, la primera de las dos noches de celebración de los 25 años del Hall of Fame encontraba aquí una de las cumbres de la noche. De una velada que partió con Crosby Stills & Nash, ese trío de folk sesentero, de estética muy gringa y ambiciones muy épicas donde militó el canadiense Neil Young, por un tiempo, y que la noche del jueves recién pasado en el neoyorquino Madison Square Garden compartió escenario con Bonnie Raitt, James Taylor y Jackson Browne para repasar canciones espléndidas como Rock and roll woman.

La noche era otoñal y cálida en la ciudad que nunca duerme. Veinte mil personas copaban el recinto ubicado entre la 33 y la séptima avenida y el ambiente era de fiesta y repaso. Antes de cada número se proyectaban imágenes del rock estadounidense, mayoritariamente (criterio que ha sido resistido desde siempre por los detractores del Hall Of Fame), yendo de la protesta beatnik hasta la sicodelia californiana y los grupos vocales de Motown y el soul comprometido de Stax.

Luego apareció el bueno de Paul Simon con un set de canciones solistas -como esas de muy temprana inspiración africana como You can call me Al- y después recibió su viejo socio para hermosas rendiciones de Cecilia, The Boxer y Mrs. Robinson, algunas de las melodías clave que tuvo el dúo iniciado en 1957. Wonder, ya está dicho, fue una completa maravilla. Cantó Superstition con el guitarrista Jeff Beck y Higher ground junto a Sting, pero se robó la noche con lo mucho que tiene para mostrar en un show promedio: una versión política y muy funk de Living for the city, otra divertida e ingenua para For once in my life y una emocionada, sentida hasta las lágrimas rendición de The way you make me feel, original de Michael Jackson, y que tuvo que interrumpir a la mitad cuando su garganta se trabó por la emoción. Enorme, de verdad un músico de excepción.

Por accidente, por un imprevisto, la primera de las dos noches de celebración de los 25 años del Hall of Fame

Lo último de la noche fue una cita con la jefatura. Una reunión de última hora con el que está a cargo, con el hombre que la lleva, con el dueño de casa. Con Bruce Springsteen, uno que llaman por su nombre de pila (con un cántico muy típico que dice “Bruuuce”) y que aparece junto a la E Street Band y esa actitud del tipo “ahora van a ver lo que es bueno”. Es notable el manejo del “jefe”: cuando pide aplausos, nadie se niega, cuando quiere coros, cantan hasta los mudos. Y cuando trae a un amigo a la casa, como hizo con John Fogerty (de Creedence Clearwater Revival), su público entrega el mismo respeto que él reclama tácitamente. Con una levantada de cejas. Juntos cantaron Fortunate Son, Proud Mary y Pretty Woman, original de Roy Orbison, casi al cierre de una jornada maratónica, inolvidable, necesaria para los que siguen escribiendo la historia del género más popular de la música popular.

La segunda noche tuvo a un pequeño con ambiciones gigantes como gran protagonisa.Bono, el último gran activista del rocanrol, el vehemente irlandés, saltó al escenario del Madison Square Garden dispuesto a reclamar su lugar en la historia. Convencido, muy seguro, del peso objetivo que tiene su banda U2 en la industria y que esta vez llevó a convertirse en el número central, en el número de cierre, en la guinda de la torta, de un evento que, precisamente, está premiando desde 1983 a los nombres más influyentes en la historia del rocanrol. La noche del viernes, U2 tuvo un momento de particular reconocimiento. De abierta legitimidad oficial. De una última confirmación que su nombre escribirá un capítulo en la historia del género que crearon Chuck Berry, Bo Diddley y Elvis Presley.

Después de las actuaciones de Aretha Franklin y Metallica -la santa patrona del soul americano convirtió el recinto en un capilla ardiente cuando cantó Respect y los rockeros trajeron estridencia y calidad junto a invitados como Ozzy Osbourne-, los irlandeses comenzaron su show con Vertigo y al rato ya tenían visitas. De las buenas, de esas que sólo reciben los que son realmente importantes.

Porque aunque vienen de Europa, y fueron de los pocos que cruzaron el charco desde ese continente para estar en esta fiesta (el gran Ray Davies, de The Kinks, fue la otra leyenda que llegó hasta el teatro de la séptima avenida), U2 parece siempre dueño de casa y fueron 20 mil las personas que vieron a Patti Smith y el “jefe” Springsteen aparecer por un costado del escenario para secundar a los irlandeses en una notable, de verdad muy buena versión de Because the night. La camaradería estaba en el aire y se advertía en abrazos largos y en gestos de real agradecimiento entre los músicos. U2, que todavía puede reclamar el estatus de ser la banda más importante del planeta (en este apartado que entusiasma a tantos digamos que gente como Coldplay no representa competencia alguna), está para cosas grandes y fue un grande el que llegó a cerrar la fiesta con ellos:Mick Jagger.

El incombustible líder de The Rolling Stones, el tipo al que los años no le hacen ni cosquillas, cantó Gimme Shelter y Stuck in a moment, totalmente encendido, vibrante, y así la postal soñada de los que imaginaron esta fiesta del “cuarto de siglo” del Hall of Fame ya estaba lista: el tema con vocación de himno de estadio, el coro bajando generoso desde la platea, los cantantes que comparten el micrófono, la comunión rockera en su máxima expresión. En la calle comienzan a caer las primeras gotas de un frío otoño neoyorquino. Adentro, en el histórico “the garden”, U2 apaga las luces y suma otra razón para seguir mirando hacia atrás a los que aspiran a disputarle el cetro de la banda más grande del mundo.


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Fidelam (4709 noticias)
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Nota de prensa
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