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Los animales son más inteligentes de lo que usted cree

20/10/2009 17:23 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Llevó a su laboratorio un loro gris africano de un año, al que llamó Alex, para enseñarle a reproducir los sonidos de la lengua inglesa

En 1977, Irene Pepperberg, recién graduada de la Universidad de Harvard, hizo algo muy atrevido. En una época en que los animales eran considerados autómatas, se propuso hablarle a una criatura para averiguar lo que había en su mente. Llevó a su laboratorio un loro gris africano de un año, al que llamó Alex, para enseñarle a reproducir los sonidos de la lengua inglesa. “Creí que, si aprendía a comunicarse, podría hacerle preguntas acerca de su manera de ver el mundo”. Cuando Pepperberg empezó a enseñarle a hablar a Alex –que murió el pasado septiembre, a los 31 años de edad–, muchos científicos creían que los animales eran incapaces de tener algún pensamiento. Suponían que eran simplemente robots programados para reaccionar a estímulos, pero que carecían de la capacidad para pensar o sentir. Cualquier propietario de una mascota estaría en desacuerdo.

Ciertas habilidades se consideran indicadores importantes de la inteligencia avanzada: buena memoria, comprensión de la gramática y los símbolos, conciencia de sí mismo, entendimiento de los motivos de los otros, imitación de los demás y creatividad. Poco a poco, en ingeniosos experimentos, los investigadores han documentado estos indicadores en otras especies, deconstruyendo gradualmente lo que creíamos que hace distintos a los seres humanos y, al mismo tiempo, dejando entrever el lugar de donde provinieron nuestras propias habilidades.

Treinta años después del inicio de los estudios de Alex, Pepperberg y un grupo cambiante de asistentes aún le daban lecciones de inglés. La investigadora lo compró en una tienda de mascotas, en Chicago. Permitió que el ayudante de la tienda lo escogiera, porque no quería que otros científicos dijeran que ella, de manera deliberada, había elegido a un ave especialmente inteligente para su trabajo. Dado que el cerebro de Alex era del tamaño de una nuez sin cáscara, la mayoría de los investigadores creyó que el estudio de comunicación entre especies de Pepperberg sería inútil.

Pepperberg fue hacia la parte trasera del cuarto, donde Alex se posó encima de su jaula arreglándose con el pico las plumas de color gris nacarado. Dejó de hacerlo y abrió el pico cuando ella se aproximó.

“Querer uva”, dijo Alex.

“Todavía no ha desayunado –explicó Pepperberg– de modo que está un poco irritable”.

Bajo la paciente tutela de Pepperberg, Alex aprendió a usar su tracto vocal para imitar casi 100 palabras en inglés, incluyendo los sonidos para todos estos alimentos, aunque él llamaba a una manzana una “platan-eza”.

“Las manzanas le saben un poco a plátano, y se parecen un poco a las cerezas, de modo que Alex acuñó esa palabra para nombrarlas”, dijo Pepperberg. Alex podía contar hasta el seis y estaba aprendiendo los sonidos para el siete y el ocho.

Alex volvió a componerse las plumas. De vez en cuando, se inclinaba hacia delante y abría su pico: “Sssie… tto”. “Muy bien, Alex –dijo Pepperberg–. Siete. El número es siete”. “¡Sssie… tto!”. “¡Sssie… tto!”. “Está practicando –explicó ella–. Es así como aprende. Está pensando en cómo decir esa palabra, cómo usar su tracto vocal para emitir el sonido correcto”.

La idea de que un ave tomara lecciones para practicar, y que lo hiciera voluntariamente sonaba un poco loca pero, después de escuchar y observar a Alex, fue difícil disentir de la explicación de Pepperberg sobre sus conductas. Ella no lo premiaba con bocadillos por el trabajo repetitivo ni lo castigaba para lograr que emitiera los sonidos.

“Tiene que oír las palabras una y otra vez antes de que pueda imitarlas correctamente –dijo Pepperberg, luego de pronunciar “siete” para Alex al menos 12 veces seguidas–. No estoy tratando de ver si Alex puede aprender un idioma humano. Ese nunca ha sido el objetivo. Siempre he tenido el propósito de usar sus habilidades de imitación para obtener un mejor entendimiento de la cognición aviaria”.

“Creí que, si aprendía a comunicarse, podría hacerle preguntas acerca de su manera de ver el mundo”

En otras palabras, dado que Alex podía producir una aproximación cercana de los sonidos de algunas palabras en inglés, Pepperberg podía hacerle preguntas acerca del entendimiento básico del mundo por un ave. No podía preguntarle qué estaba pensando, pero sí sobre su conocimiento de números, formas y colores. Para demostrarlo, Pepperberg llevó a Alex a una percha alta de madera en medio del cuarto. Después tomó una llave y una pequeña taza de color verde. Sostuvo ambos artículos ante los ojos de Alex.

“¿Qué es igual?”, preguntó ella.

Sin titubear, el pico de Alex se abrió: “Co-lor”.

“¿Qué es diferente?”, preguntó Pepperberg.

“Forma”, dijo Alex. Dado que los loros carecen de labios, las palabras parecían provenir del aire, como si un ventrílocuo hablara. Con todo, las palabras –y lo que sólo pueden llamarse los pensamientos– eran suyos por completo.

Durante los 20 minutos siguientes, Alex superó sus pruebas, distinguiendo colores, formas, tamaños y materiales. Resolvió algunas operaciones aritméticas simples, como contar los cubos de juguetes amarillos entre una pila de cubos de varios colores. Y entonces, como para ofrecer una prueba final de la mente dentro de su cerebro de ave, Alex se manifestó. “¡Habla con claridad!”, ordenó cuando una de las aves más jóvenes a las cuales Pepperberg también les estaba enseñando pronunció mal la palabra “verde”. “¡Habla con claridad!”. “No te portes como un sabelotodo”, lo reprendió Pepperberg sacudiendo su cabeza frente a él. “Él sabe todo esto y se aburre, de modo que interrumpe a los otros o da la respuesta errónea con el único propósito de ser obstinado.

El enfoque darwiniano sobre la inteligencia animal se desechó a principios del siglo xx, cuando los investigadores determinaron que la información registrada al observar a los animales en su hábitat natural eran simplemente “anécdotas”, por lo general contaminadas por el antropomorfismo. En un esfuerzo por ser más rigurosos, muchos abrazaron el conductismo, que consideraba a los animales criaturas sólo un poco más avanzadas que las máquinas, y enfocaron sus estudios en la rata blanca de laboratorio –porque una “máquina” se comportaría como cualquier otra–. No obstante, si los animales son simplemente máquinas, ¿cómo se puede explicar la aparición de la inteligencia humana? Sin la perspectiva evolutiva de Darwin, las habilidades cognitivas mayores de las personas no tendrían sentido desde el punto de vista biológico. Lentamente, el péndulo se ha alejado del modelo de animales-máquina y lentamente ha regresado hacia Darwin. Toda una gama de estudios en animales ahora sugiere que los orígenes de la cognición son profundos, difundidos y muy adaptables. La facilidad con la cual pueden evolucionar nuevas habilidades mentales quizá se ilustra mejor con los perros. Casi todos los propietarios les hablan a sus perros y esperan que los entiendan. Sin embargo, la capacidad canina para entender no se apreció por completo sino hasta que en 2001 un collie de la frontera llamado Rico apareció en un programa de juegos de la televisión alemana. Rico sabía los nombres de alrededor de 200 juguetes, y aprendía con facilidad los de nuevos juguetes. Algunos investigadores del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, en Leipzig, escucharon acerca de Rico e hicieron arreglos para reunirse con él y sus propietarios. Ese encuentro llevó a un informe científico que reveló la extraordinaria capacidad de lenguaje de Rico: podía aprender y recordar palabras con tanta rapidez como un niño que empieza a andar. Para encontrar otros ejemplos, los científicos leyeron cientos de cartas de personas que afirmaban que sus perros tenían el talento de Rico. En realidad, sólo dos –ambos collies de la frontera– exhibieron habilidades comparables. Uno de ellos –los investigadores la llaman Betsy– tiene un vocabulario de más de 300 palabras.

Las personas se sorprendieron al descubrir que los chimpancés elaboran herramientas”, dijo Alex Kacelnik, un ecólogo conductual de la Universidad de Oxford, al referirse a los palitos a los cuales los chimpancés dan formas específicas para sacar termitas de sus nidos. “Sin embargo, las personas también pensaron, ‘bueno, comparten nuestra ascendencia, por supuesto que son listos’.

Ahora se están encontrando estas clases de conductas excepcionales en algunas especies de aves, pero el ser humano no ha compartido recientemente su ascendencia con las aves. La historia evolutiva de ellas es muy diferente; el último ancestro común del ser humano con todas las aves fue un reptil que vivió hace más de 300 millones de años

Kacelnik y sus colegas estudian a una de estas especies inteligentes, el cuervo de Nueva Caledonia, que vive en los bosques de esa isla del Pacífico. Dicho cuervo figura entre las aves más hábiles que hacen y usan herramientas; forma sondas y ganchos con ramitas y tallos de hojas para hurgar en las copas de las palmeras, en donde se ocultan larvas gordas. Dado que estas aves, como los chimpancés, fabrican herramientas y las usan, los investigadores pueden buscar similitudes en los procesos evolutivos que conformaron sus cerebros.

A finales de los años sesenta, el psicólogo cognitivo Louis Herman empezó a investigar las habilidades cognitivas de los delfines tursiones o toninas. Al igual que los humanos, los delfines son muy sociales y cosmopolitas; viven en ambientes de subpolares a tropicales en todo el mundo; son muy vocales y tienen habilidades sensoriales especiales, como la ecolocalización. Para los años ochenta, los estudios cognitivos de Herman se enfocaron en un grupo de cuatro delfines jóvenes –Akeakamai, Phoenix, Hiapo y Elele– en el Laboratorio de Mamíferos Marinos de la Cuenca Kewalo en Hawai. Los delfines eran curiosos y juguetones, y transfirieron su sociabilidad a Herman y sus estudiantes.

“En nuestro trabajo con los delfines, tuvimos un principio rector –dice Herman–, que podríamos sacar a relucir todo el alcance y la capacidad de su inteligencia, del mismo modo que los educadores lo hacen con el potencial de un niño. Los delfines tienen cerebros grandes y muy complejos. Mi pensamiento fue: ‘bien, de modo que tienes este hermoso cerebro. Veamos qué es lo que puedes hacer con él’”. Para comunicarse con los delfines, Herman y su equipo inventaron un lenguaje completo de señales con la mano y el brazo, con una gramática simple. Por ejemplo, un movimiento de arriba hacia abajo de los puños cerrados significaba “aro”, y alzar los brazos extendidos por arriba de la cabeza significaba “pelota”. Un ademán de “ven aquí” con un brazo les decía “traer”. En respuesta a la mención de las palabras “aro, pelota, traer”, Akeakamai empujaba la pelota hacia el aro; pero si el orden de la solicitud se cambiaba a “pelota, aro, traer”, acarreaba el aro hacia la pelota. Con el tiempo, ella podía interpretar solicitudes más complejas desde el punto de vista gramatical, como “derecha, canasta, izquierda, frisbee, dentro”, pidiéndole que pusiera el frisbee que estaba a su izquierda en la canasta que estaba a su derecha.

Fuente:

Http://ngenespanol.com/2008/02/27/mentes-autonomas/


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Maraní (9 noticias)
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