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Quim Xena. Vivencias de un músico. Capítulo 5º

04/12/2009 06:16 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Quim Xena: "mi idea es ir introduciendo al posible lector en el mundo de las habaneras empezando por mis propias vivencias."

Afinando la vieja guitarra

Tal y como se había quedado, aquel Viernes hicimos la juerga en Ca la Raquel.

Todo un evento gastronómico, social y cultural, referencia ancestral del carácter de nuestro país. Nada que ver con una típica farra.

Salí de la casa con todas las ganas, hambre, e ilusión hacia Ca la Raquel. Los que ya habían llegado estaban ocupados, los otros iban llegando y yo me ofrecí a ayudar pero no me dejaron. Alejandro, que ya tenía a punto el acordeón, me indicó que me sentara a su lado y que sacara la guitarra.

La afiné con la misma afinación del acordeón mientras él empezaba a tocar una habanera dictandome los acordes.

- Intenta seguir el ritmo. - Me dijo.

Pronto fuimos a compás, yo la armonía y él la melodía.

Aquel primer ensayo fue bastante bien e, incluso, arrancamos algunos aplausos.

- Ahora que ya está bien afinados venga a sentarse en la mesa, que estos "moixons" se deben comer calentitos - alguien dijo.

En la tabla ya había boquerones, embutidos, aceitunas y una buena platada de tostadas que acababa de traer el encargado de tostar el pan. Toda una ornamentación.

Al aviso de - "venga, vamos por trabajo" - estalló la comida y la conversación. De la comida, del tiempo, del fútbol, de las mujeres, del trabajo ... Charlar, comer y tomar tragos del buen vino ampurdanés era todo uno, y cuando se come al lado de alguien que lo hace con ganas y gusto todavía te entra más hambre. Después del piscolabis vino la "cassolada", guiso de "pilotilles" con guisantes tiernos con alguna enclenque patata, la justa para no matar el sabor del ingrediente esencial. Luego los pastelitos de La Bisbal y una copita de cava. Yo me apenas abría la boca, si no fuera para ir zampando. Después los cafés con chorro de coñac o whysky.

Fuera hacía frío e iban entrando y saliendo otros clientes del bar, que se recuperaban al lado del fuego. Yo, aunque estaba lejos de la chimenea, no me hacía ninguna falta acercarme. Alrededor de aquella mesa los grados habían subido considerablemente y, quien más quien menos, iba en mangas de camisa.

Era feliz de encontrarme allí, de haber sido invitado y ser tratado como cualquiera de la pandilla, aunque sabía que a la hora de tocar iría un poco despistado. Me animé pensando que ya haría lo que podría y que, cuando menos, sería una oportunidad para aprender.

- Venga tocad uno que ya os seguiremos! - Tarde o temprano alguien tenía que decir.

Alejandro se puso en marcha a ritmo de vals. Me añadió. De vez en cuando me decía los acordes. Me resultó sencillo seguirlo. Algunos se pusieron a cantar. La gente que entraba al bar se sentaban en las mesas cercanas o permanecían en el mostrador de pie. Algunos se añadían a los cantos.

Después del vals una habanera, después otra, después ...

- Venga Alejandro ahora toca aquella que dice ... -

Yo sentía que la gente me miraba y hacía lo que buenamente podía. Si no lo entendía dejaba de tocar, por no estropear el trabajo del acordeón.

Había momentos que parecía que el local retumbó, y de buen seguro que se oía un buen trozo lejos, Calella allá.

Hacia las diez de la noche algunos comenzaron a desfilar hacia su casa - que si la mujer me espera, que si tengo que trabajar mañana ... - Los que quedábamos nos pusimos a recoger la mesa, dejándolo todo bien limpio y pulido, mientras Raquel se lo miraba cansada pero risueña.

Fui el último en salir. Mientras enfundaba la guitarra pensaba - redios, hacía tiempo que no comía tanto, suerte que iré digeriendo de vuelta hacia el Mas. Me abrigué bien y enfilé mis andares por el sendero, atestado de la soledad del bosque. Iba recordando fragmentos de aquellas canciones mientras un cielo transparente y lleno de estrellas me acompañaba.

Al día siguiente decidí que tenía que ir a ayudar a mi padre a podar las cepas de la viña. Avisé al vecino de las vacas que estaría fuera unos días. A primera hora de la tarde ya estaba podando cepas y mirando el mar del Maresme, que se ve desde nuestra viña elevada.

Cené caracoles, cogidos por los márgenes de la viña, un poco de vino de la cosecha pasada y cogí la guitarra. Ya me salía alguna de las habaneras aprendidas, aunque no sabía ni cómo se titulaba ya que nadie de la reunión no las había llamado por el nombre si no diciendo - "toca aquella que dice, haz aquella que hace ..."

El tercer día de trabajar en la viña, viendo que quedaba muy poco trabajo por hacer y que mi padre ya se arreglaba, me fui. Quería visitar mi amigo músico de Pineda.

Lo encontré tocando el piano en un rincón de su tienda de fabricación y venta de cortinas. Como no lo había avisado se sorprendió de verme. Estaba arreglando una canción para la coral del pueblo, un poema del poeta local, Pepe del Santpare, que había convertido en una sardana. Lo encontré con los ojos brillantes por la inspiración, que lo mantenía en estado de virtuosismo. Aún así dejó su valiosa labor para preguntarme cómo me iba todo. Le dije que ya volvería en otra ocasión, que ya veía que no era buen momento, pero él sólo respondió que si no hubiera sido yo habría sido cualquier cliente. Entonces le empecé a explicar que estaba viviendo en Palafrugell, que me estaban interesando mucho las habaneras ... Él me miró de manera socarrona, se levantó y, sin decir nada, se puso a remover por sus cajones musicales, hasta que volvió con un libro en las manos. Era un cancionero con 10 habaneras con su letra y su armonización para piano.

Las tendrás que pasar a la guitarra - me dijo.

Me miré aquellas partituras, 10 canciones que ni conocía ni había oído nunca.

- Intentaré hacerlo - dije primero para replicar enseguida - pero son todas en castellano y yo prefiero dedicar mis esfuerzos a mi cultura, que los otros ya se preocupan de la suya.

Sin hacerme caso se sentó de nuevo al piano y se puso a tocar "La Gavina", de Frederic Sirés, hijo de Begur y maestro de música en Palafrugell. Cuando acabó su buena interpretación me dijo que "La Gavina" primeramente había sido escrita en castellano. Eran los años 20 del siglo XX.

- Y tus canciones? - me preguntó.

- Todavía las hago y no pienso dejar de componer pero ahora quiero aprender estos cantos marineros, para enriquecerme y mejorar musicalmente.

Quedamos para vernos el próximo día que bajara el pueblo.

Al día siguiente de buena mañana cogí el tren, después la SARFA y hacia Ermedàs. Ya tenía ganas de volver a ponerme a estudiar fuerte.

Quim Xena

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Sobre esta noticia

Autor:
Vicenç Macias (22 noticias)
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Reportaje
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