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Quim Xena, vivencias de un músico. Capítulo 3º

06/06/2009 23:23 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Afinando la vieja guitarra

A última hora de la tarde del viernes se terminó el tiempo dulce.

Su sustituto fue, una vez más, una arriada tramontana que se hizo dueña absoluta del Empordà, acompañada de lluvia-nieve y un frío glacial.

El día antes había cambiado la luna. El pescador la había acertado. Ese viento, purificador y a la vez maldito, hacía gemir los ramajes de los pinos y las encinas del bosque de al lado y lo oía ulular por la chimenea de la casa como si fuera un lobo hambriento.

De todas las estancias de la casa me llegaban incoherentes melodías que parecían salir del aliento de espíritus desatados, tal vez empujados por el deseo de que yo devolviera a la vida sus ancestrales tonadas.

Ante el efecto que me producía aquel disparate meteorológico, me fui a la cama agobiado: "Ya volverá el buen tiempo y, con la calma, haré que estas notas revueltas vuelvan cada una en su sitio. Ahora que vayan a la suya."

Esa noche tuve pesadillas. Lo que recuerdo con más claridad es la visión de un naufragio. Un barco se partió en dos por el efecto de las grandes olas de una Galerna. Murieron todos: los marineros y el capitán. A cada hombre que se ahogaba yo me revolcaba por cama, preso de la angustia de no poder respirar. Y así una y otra vez hasta que dí un salto del catre, con la suerte que la luz del faro acudió presta a deslumbrarme y a hacerme tomar conciencia de lo que me había pasado.

Al cabo de unos instantes me estaba burlando de mí mismo. Eché la culpa de tal descontrol a alguna de las habaneras que me había cantado Tomàs. "¿Tanto me habían atrapado aquellas canciones?" Me daba cuenta que me lo tenía que tomar con más tranquilidad.

Por otro lado, tenía que seguir combinando el estudio de la habanera con mis otros trabajos: pintar y vender mi artesanía en los mercados y buscar actuaciones en los pubs. Pero la soledad es puñetera y puede llegar a cambiar el cerebro del más sensato que se atreva a tenerla por compañera.

Pasé un rato, ya más tranquilizado, me volví a la cama. El viento seguía desbocado pero ahora ya no me importaba. "Si sigue este mal tiempo no podré ir a Can Batlle. No creo que el viento se lleve la taberna." Ahora miraba el panorama por la ventana, ahora leía, ahora escuchaba la radio, ahora cogía la guitarra, ahora ponía otro vasija para las goteras. "Debería arreglar el tejado."

La tempestad duró todo sábado, domingo y lunes. Tres días sin salir de casa. En la madrugada del martes empecé a ver alguna estrella, iba parando de llover y el viento comenzaba a aflojar. Derecho al mercado de Palafrugell, pues la única vianda que me quedaba eran los huevos y la leche que compraba al agricultor vecino y buen amigo, Miquel de Ca l'Oliu.El viejo 2 CV ya hacía un tiempo que había dicho basta y mi actual medio de transporte eran las piernas, la bicicleta y la SARFA para trayectos largos, donde a menudo encontraba las campesinas cargadas de conejos, patos o pollos yendo al mercado.

El mercado de Palafrugell estaba suficientemente animado de gente, aún más venteada por la tramontana, ya que por aquella calle, orientado de norte a sur, bajaba siempre canalizada. Mentalmente hacía lista de todo lo que necesitaba para mi comida habitual: patatas, lentejas, arroz, pan integral, manzanas, higos secos y queso.

En aquel pueblo sólo conocía la gente con quien mantenía algún trato comercial: el estanquero de la plaza Nova donde compraba el Rumbo corto, que entonces fumaba, y donde hacía alguna quiniela, de vez en cuando, los dueños de la pescadería a la que iba siempre; la panadera a quien le compraba el pan integral, la chica de las manzanas, la señora de la tienda donde solía comprar el aceite, las patatas y las lentejas; la abuela del queso y los higos, el carpintero que me hacía siempre las maderas para enmarcar las miniaturas y la ferretería donde encontraba el yeso y las pinturas. El arroz lo compraba en el molino de Pals.

Justo en el momento que miraba con el rabillo del ojo una chica de muy buen ver, oí la voz de una abuela que exclamaba a mi lado: -Mala puta. Se refería a la tramontana y así se dirigía al viento mientras mantenía una encarnizada pelea para que no le girara el parasol del puesto, que ahora le servía de paravientos. Ayudé a poner la herramienta en su sitio y la vieja me lo agradeció con una sonrisa en los ojos. Unos ojos azules y transparentes como el cielo que queda después de una buena lluvia y el viento que lo limpia.

Una vez hube comprado todo lo que me hacía falta para volver a pasar otra ristre de días al mas sin necesidades imperativas, fuí a aparcar la bicicleta frente al bar Fraternal para hacer mi acostumbrado café, de cada vez que iba al mercado. Hojeando el periódico, de pie, me encontré con un conocido del verano. Tocaba rock y también buscaba trabajo de músico. Me habló de un pub de la villa donde tocaban música en vivo y del restaurante Can Pela, propiedad de un músico y especializado en comidas caseras, dónde acostumbraban a reunirse músicos de los alrededores.

Después de tomar los datos de los dos locales, me despidí del colega. Volví a Ermedàs a buen ritmo, ya que la tramontana, ahora, me empujaba por detrás.

Tenía ganas de estar en casa, de preparar un buen almuerzo y dejarme ir, a continuación, al placer de compartir mis sueños con las musas; seguro que la diosa de la música sabría agradecer los ratos pasdos en su compañía favoreciendo mi inspiración.

Cuando cerré los ojos me volvieron a la memoria algunos fragmentos de las canciones que cantaban la pandilla de la juerga de Ca la Raquel. Aquellas letras y melodías se me presentaban como testimonios del alma de un viejo pueblo marinero que estaba acostumbrado a todo, la calma y el temporal, que nos ofrece la vida.

Yo también estaba, en aquel barco cargado de gente humilde y, al mismo tiempo, orgullosa de formar parte de un pueblo, de una misma patria y de una cultura única cultivada durante siglos en este minúsculo rincón del planeta.

Y dejé gobernar mi barco por las olas de aquel mediterráneo que añadía a su canto el ritmo de la habanera.

Compositores de La Habanera

L'Havanera en català

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Autor:
Vicenç Macias (22 noticias)
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Reportaje
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