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A las consumidoras y los consumidores

11/06/2009 22:41 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Potencial comprador de absolutamente todo, frente a la vidriera o la góndola, voluntariamente o por casualidad. Existen artimañas que le pueden costar muy caras

Si se siente expectante y ansioso, recuerde que el buen pescado es el fresco, y que la carne por excelencia es argentina, y de ternera. Existe una sola democracia, única y propiedad todos. Esos abrigos doble forro que permiten intercambiar color y diseño mediante una simple vuelta de mangas. No es lo mismo. Un forro para cada necesidad. Todo no da igual.

Fíjese bien. Esmérese. Sea detallista. Todo se vislumbra en la oferta. Es sabido, el tsunami de avisos, encuestas y publicidad no le hacen la vida fácil al consumidor. Se conjugan diversidad y emoción. Una especie de casino con crédito abierto. Relájese, el crédito le da derechos, pero los derechos le dan obligaciones. No se deje embaucar por productos brillantes en tiendas baratas.

Las cosas se pueden complicar al final, cuando todo está vendido y usted se da cuenta del error in-vo-lun-ta-rio de sus actos. Cómo pude ser tan torpe, se preguntará con ojos saltones y boca de pescado. “Otra vez”, se mirará en el espejo. Con una sonrisa falsa, o con una mueca de tristeza.

El consumidor está amarrado a las modas, los políticos a las campañas y los votantes son hijos del rigor. Pregúntese, cómo puede la democracia estar en todos lados. Ese resplandor fulgurante en la “a” final de la palabra promesa. En la calle. En las poses frente a cámara. En el ínfimo andar esporádico.

Mujeres y hombres mostrando el nuevo modelo, de promesa. Y usted, ante flamante potencial, horriblemente desconocido. Que lo deja desahuciado, casi desnudo ante los ojos de los otros. Se pregunta cómo vivir sin ellos, como seguir viviendo sin esa promesa que late por doquier, como una ola entrando en un laberinto que va ahogando todo a su paso.

Y los vendedores, con ese pulso meloso que lo tientan: “se lo muestro, no se lo muestro, le queda bien; francamente, no le queda bien: pruébese el rojo”. Y los rostros en las publicidades en forma de campaña electoral.

Es comprensible: usted se encuentra convencido de haber forjado la férrea voluntad de estar informado. Se transforma en un sádico, proxeneta de los discursos y del zapping. Ninguno de sus conocidos podrá refutar su posición. Usted es un jinete salvaje montando el clímax político. Porque usted ha visto y consumido todos los productos informativos políticos y los no políticos que hablan de las elecciones.

Y que bien que hace, el consumidor debe tener ese tenor responsable. Estoy informado, se admira. Y evalúa la campaña macro-gráfica en “la calle”, caminando del tren a la oficina o desde el coche, cuando el semáforo lo deja. Hasta hay quienes se han estrellado sobre los periódicos extranjeros: no podrán engañarlo esta vez.

El consumidor percibe en la esquina un cartel inmenso con un rostro de 10 metros de diámetro. Habitualmente lo mira a los ojos. La mirada que emana del muro, o de la puerta de madera enclenque de la obra en construcción, suma entre ojo y ojo, dos metros de diámetro. El consumidor piensa. Es como un duelo. Quién resultará engañado. Por supuesto, ya lo decía el abuelo: los ojos de un hombre no mienten.

Increíble, la gracia de estar ahí. Frente a esa colosal sonrisa encuadrada por un gesto de seriedad. Ni joda ni aburrimiento. Promesa de bonanza y felicidad para el indisoluble pueblo argentino (por fin todos incluidos!). Pero resaltando el compromiso político, social, económico, policial, exportador, educativo, federal y unitario.

Todo se compra, y todo se vende. Incluida la democracia. Un bien escaso y de temporada, como el petróleo, o los duraznos en invierno. Esté alerta a la calidad del producto, a la definición. Detrás del vidrio limpio de un negocio sombrío se vende una democracia falsa, con un lado obligado y el otro de mal gusto.


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