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A La Sombra Del Nogal

04/02/2011 14:56 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Vicente nació bajo el rocío de una fría mañana del 16. Abandonado en su niñez, vivió siempre solo hasta convertirse en un hombre ermitaño perdido tras la herencia de una nariz pronunciada. A su cabeza habían subido los años finos hilos blancos de sabiduría.La única familia que aún conservaba era su prima lejana Margarita con la que no guardaba ninguna relación puesto que vivía en la ciudad. Él prefería la entera soledad de su vieja casa de piedra, antaño gran castillo donde sus antepasados rieron las desventuras de reinos de tablero y papel. La conservaba a duras penas, con muros de piedra desgajados, paredes a medio pintar y balcones inclinados por el descuido de tantos años. Prefería invertir cada segundo de su vida a criar sus caballos y leer libros Kafkianos.Vicente solía balancearse solitario en la mecedora del jardín. El ronroneo de un gato sobre su regazo marcaba su dulce compás. No necesitaba nada más, el sauce del jardín le proporcionaba una sombra densa y confortable. En su retina grababa cada día las imágenes de su montaña favorita. Un día vestía un gracioso faldón de niebla, otro un elegante sombrero de nieve gris y otro simplemente el incesante sol iluminaba la llanura del valle.  Los pájaros cantaban, las hojas bailaban un vals con la primavera y el lobo aullaba en la lejanía cuando un golpe sonó al otro lado de la casa. Vicente con tan desacostumbrado  sobresalto, salió de su abstracción. Cruzó el oscuro pasillo que conducía hasta la puerta y la abrió:-                  Buenos días caballero. Estoy buscando a Vicente Merino. ¿Es usted?- Vicente asintió con la cabeza.-                  Verá, soy la abogada de su prima Margarita y vengo a comunicarle su fallecimiento.- Vicente observaba a la joven y atractiva mujer con el ceño fruncido.-                  No creo que haya venido hasta aquí para decirme esto. ¿Qué es lo que quiere señorita?- Contestó Vicente airado.-                  No sé si conocía usted la situación de su prima pero tenía una hija. Siendo usted el único familiar que le queda a la niña hemos pensado que debería saberlo- Un silencio atronador iluminó la casa durante unos instantes eternos.-                  Si piensa que no he tenido hijos para cuidar los de otro está usted muy equivocada- Contestó Vicente ya molesto con la situación.-                  Deje al menos que pase el verano con usted mientras le buscamos un lugar adecuado.-Dos eternos y pesados días más tarde el timbre volvió a sonar. Al abrir la puerta, Vicente encontró a Juncal, una niña de cuerpo menudo y grandes ojos del color de las hojas que caen en otoño. Enmarcando su cara se agolpaban rizados mechones del color del sol. Vestía un apagado vestido color arena con bolsillos de encaje marrón y unos zapatos negros de charol. Vicente estrechón su mano y dijo: -Sígame, la enseñaré su habitación- Juncal estaba asustada ante aquel corpulento hombre, lo que no sabía es que más asustado estaba él ante aquel pequeño ser. Durante el día, Vicente se ausentaba para subir al monte a cuidar de los caballos. Juncal mataba el tiempo ojeando los extraños objetos que encontraba por la casa, desde relojes ausentes de tiempo hasta aperos de labranza antiguos que se podían encontrar.Una tarde   lluviosa Juncal le preguntó s podía acompañarle a ver a los caballos. Vicente, desconcertado, aceptó la propuesta. Caminaban hacia la portilla de madera que cerraba la casa guardando una distancia razonable el uno del otro, la estampa resultaba conmovedora. Juncal, con sus zapatos de Charol hundiéndose en el barro y su pelo oscureciéndose a medida que la lluvia lo empapaba, tenía que dar grandes zancadas para seguir el ritmo de Vicente, que caminaba con fuerza estallando las cáscaras de las nueces caídas del nogal.Atravesaron el camino de tierra definido por Hayas y Robles que conducía a la parte alta del valle. Entre aquellos árboles se observaba de vez en cuando la inmensidad de aquellas corpulentas montañas manchadas de pequeñas motas de nieve y algún que otro pueblo deshabitado. Tal fue la emoción de Juncal al ver los caballos, animal que nunca hasta entonces había visto, que no pudo contener su ansia de correr a tocarlos. Vicente al verla brincar entre sus gruesas patas y cabalgadas salvajes, no pudo evitar gritar:-                  ¡Sal de ahí, son caballos salvajes!-Pero para su asombro, la niña los acarició uno a uno sin el mínimo temor y ellos parecían aceptar sus caricias emitiendo leves relinchos de placer. Relajaban músculos entre las pequeñas manos que acariciaban sus crines.Desde aquel momento pasaban mucho tiempo juntos. Salían por las mañana a coger los huevos que las gallinas habían puesto durante la noche, recogían castañas, daban largos paseos por las montañas nombrando cada especie de árbol e incluso habían domado a un Nei, una yegua blanca con manchas negras en tres de sus patas. Una tarde en que empezaban a caer las primeras hojas de los árboles paseaban los dos montados sobre Nei hablando sobre domar otra yegua para que la montase Juncal. Vicente dirigió el caballo hacia el pueblo, a tres kilómetros de la casa y al que solo bajaba los lunes para ir al mercado y se paró ante la puerta de la escuela. Los vecinos cuchicheaban al ver a Vicente a lomos de Nei con una niña.-                  Parece mentira que alguien haya podido cambiar a ese viejo cascarrabias- Comentaba uno.Vicente se bajó de la yegua y ayudó a Juncal a que hiciese lo mismo.-                  ¿Qué hacemos aquí?- Preguntó Juncal.-                  Porque quiero que conozcas el camino para venir a la escuela los próximos años.- 


Sobre esta noticia

Autor:
Martina De La Vega (21 noticias)
Fuente:
historiadeunapluma.blogspot.com
Visitas:
2395
Tipo:
Reportaje
Licencia:
Distribución gratuita
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